miércoles, 10 de septiembre de 2014

Lectura normal



La verdad es que no existe una pauta general para leer, como no la tenemos tampoco para ver películas o contemplar obras de arte. ¿Cuántas veces hay que ver una película? A primera vista puede parecer absurdo hacerlo más de una vez, lo cual en muchos casos es cierto, pero ver ciertas películas varias veces es algo que no sólo es sensato sino que parece incluso necesario. La intuición corriente es que si uno ha visto la película prestando atención, en las siguientes ocasiones no verá nada nuevo, la experiencia será la misma. La película es ofrecida de una manera standard para ser contemplada de una manera standard: tiene una duración de dos horas y no hay repeticiones, y usted no toma notas ni hay pausas para debatir. Hoy podemos ver la película en DVD y repetir escenas o parar para consultar datos en el IMDb o en Wikipedia, pero esto no representa una nueva forma de verla, sino sólo el uso de algunas comodidades que ayudan al espectador distraído o desinformado que no es capaz de recibir el “mensaje” de la manera “prevista”. 

Hay que hacer una advertencia. Al sugerir que no hay una lectura standard no estoy pensando en el hecho de que el receptor de una obra puede hacer con ella lo que quiera. Obviamente, usted puede leer Guerra y Paz con las instrucciones de Rayuela, o usar la Crítica de la razón pura para mantener abierta una ventana; nadie se lo impide, y en muchos casos estas recepciones darán mayor sentido y utilidad a la obra que el que nosotros o cualquiera le hubiéramos dado ateniéndonos al uso regular. Lo que digo es que lo que el autor nos ofrece, normalmente, es un trabajo a medias y nuestra labor de lectura (ateniéndonos al texto y sin hacer experimentos) lo que intenta es vislumbrar una forma de terminarlo.


sábado, 19 de julio de 2014

Moratón/Moretón

Nunca había escuchado la palabra 'moratón' hasta llegar a España. En Argentina se dice 'moretón' y en Venezuela 'morado'. En América conocemos, pero no usamos, la palabra 'cardenal', que sería lo que el hispanista Günther Haensch llamaría un 'peninsularismo'. 
moratón.
1. m. coloq. cardenal
Veamos la referencia.
cardenal2.
(De cárdeno).
1. m. Mancha amoratada, negruzca o amarillenta de la piel a consecuencia de un golpe u otra causa.
¿Hallaremos 'moretón'?
moretón.
1. m. coloq. Moradura de la piel.
¿Moradura? ¿Qué es eso?
moradura.
(De morado y -ura).
1. f. cardenal
Se cierra el círculo y gracias a la extraordinaria economía de recursos del DRAE ganamos un poco más de claridad en el uso de nuestro idioma.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Escritores disfuncionales

Buscando materiales para este blog tropecé con un trabajo que me llamó la atención por contener el siguiente párrafo (el subrayado es mío):

En la actualidad, y desde el registro estándar, asimilado a la norma de cultura, la lengua que fluye de la pluma de los Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Neruda, Borges, Octavio Paz, etc., salvo en el léxico, tratamientos pronominales, no presenta graves disfunciones respecto de la que fluye de la pluma de los Cela, Delibes, Alberti, García Lorca, Blas de Otero, A. Zamora, F. Umbral, etc. El sistema lingüístico del español sirve de cauce de expresión y de comunicación, es plenamente válido para comunicarse, desde la norma culta, tanto a españoles como a hispanoamericanos sin esfuerzo alguno. (Sánchez Lobato, El español en América, Centro Virtual Cervantes.)

El castellano de los autores hispanoamericanos mencionados, según esto, es disfuncional, pero no de manera grave (salvo en el léxico). Si lo que quiso decir el autor es que “no presenta diferencias importantes”, lo dijo tan mal que no cabe duda de que el único castellano disfuncional aquí es el suyo. Y si lo que quiso decir fue eso, se trataría de una tesis tan arriesgada que uno esperaría que se dedicara el resto del artículo a probarla. Su lectura resulta reveladora.

Empieza con un maravilloso ejemplo de cómo se puede decir algo muy sencillo (esto es, que los filólogos suelen llamar ‘español de América’ o ‘español atlántico’ al español hispanoamericano) de una manera apenas inteligible:

Es habitual entre filólogos denominar «español de América» o «español atlántico» a la lengua española que, por razones históricas, geográficas y culturales, se asentó en los territorios americanos de las colonias para diferenciarla, por las causas antes aludidas, del español de la metrópoli antaño, del español peninsular en la actualidad, sobre todo a partir de su independencia de España y de su proclamación como Estados soberanos.

¿Cuáles son las causas aludidas? ¿Las razones históricas, geográficas y culturales? No ha aportado ninguna, de modo que no hay alusión posible. Sigamos.

En el siguiente párrafo nos informa:

La coiné que representa en el momento presente la lengua española como sistema puede ser estudiada y analizada tanto desde la perspectiva diastrática como desde la perspectiva diatópica en ambos mundos, sin que por ello encontremos sistemas de comunicación diferentes. Se trata del mismo sistema de comunicación, en especial, en la manifestación escrita del lenguaje. «(...) Ninguna lengua viva y usada por los hombres permanece inalterada a través de los siglos, ni siquiera de los años. Esencial es al lenguaje para vivir el cambiar; el cambiar es constitutivo de su funcionamiento, como instrumento que es a la vez de comunicación social y de expresión individual».

Esta acumulación de palabras nos dice fundamentalmente que, a pesar de las diferencias, hablamos el mismo idioma. Lo gracioso es que la cita que se aporta no sostiene eso, sino lo contrario, pues sólo habla del cambio y evolución de la lengua. Aplicando el principio de caridad deberíamos presuponer que entre ambas partes del párrafo falta algo como “es la misma, pero evoluciona y cambia”, o “es la misma, a pesar de que evoluciona y cambia, pues, ‘Ninguna lengua, etc…” A continuación, después de precisar el número de repúblicas americanas que hablan español (nombrándolas una por una), un párrafo lírico:

Podemos afirmar que la pujanza del español como sistema de comunicación se halla en el continente americano si atendemos principalmente a su realidad demográfica. En la actualidad, son más de trescientos millones de personas las que se sirven del español en América para cifrar y descifrar el mundo que les ha tocado vivir, para soñar, reír y llorar en el día a día; para amar y morir entre quienes les han visto nacer y crecer. En definitiva, el peso del español en el mundo se ha trasladado del país que lo acunó —España— a los diferentes países americanos que lo eligieron como idioma nacional definitivamente unido al grito de independencia.

El problema principal de este pasaje no es el estilo, sino el hecho de no decir absolutamente nada. En este punto (¡la primera página!) ya se sospecha que la cosa no va a mejorar y se lee velozmente. Copio y pego destacando las cosas notables:

La lengua española, en su vasta geografía actual, presenta diversos tonos, diferentes acentos, unos más acentuados que otros —cierto es—, pero todos los hablantes de español —no importa su origen—, absolutamente todos, cantamos la misma canción.

En el mundo de habla hispana las nacionalidades, con sus peculiaridades culturales, sociales e históricas, ofrecen plurales hábitos lingüísticos entre sí, variedad de tonos y de acentos, pero siempre desde la misma melodía. En la sinfonía de lo hispánico tienen cabida múltiples notas. Somos capaces de reconocernos y de comprendernos allá donde nos encontremos. [segunda página; estos dos párrafos son consecutivos a pesar de que hablan de lo mismo]

La expresión español de América agrupa matices muy diversos: no es igual el habla cubana que la argentina, ni la de un mejicano a la de un chileno... Pero, aunque no exista uniformidad lingüística en Hispanoamérica (debido, sobre todo, al sustrato indígena que los españoles encontraron: quechua, náhuatl, guaraní...), la impresión de comunidad general no está injustificada: sus variedades lingüísticas (aquellas que se separan de la norma culta) tanto desde la perspectiva diastrática (variables socioculturales) como desde la perspectiva diatópica (variantes geográficas y dialectales) son menos discordantes entre sí que los dialectalismos peninsulares, y poseen, por motivos obvios, menor arraigo histórico en Hispanoamérica.

Este último pasaje (tercera página) no puede pasarse por alto. Aparte de lo altamente discutible que resulta achacar mayormente las diferencias de nuestro español a las lenguas indígenas, dos cosas. Una: ¿hay menos diferencias entre el habla de un argentino y el habla de un cubano que entre el habla de un sevillano y la de un leonés? Sospecho que los diccionarios de argentinismos o de cubanismos deben ser mucho más voluminosos que diccionarios de usos sevillanos o leoneses (y no tendrán muchos usos comunes, del tipo que en el DRAE se marcarían como Arg., Cuba). A menos que nuestro autor esté pensando en el catalán o el euskera como lenguas dialectales, lo cual sería sorprendente, si aún cabe. Dos: ¿qué dice la larguísima segunda oración? Léase después de los dos puntos quitando el enorme inciso y se obtiene: “sus variedades lingüísticas [las de Hispanoamérica] (…) son menos discordantes entre sí que los dialectalismos peninsulares, y poseen, por motivos obvios, menor arraigo histórico en Hispanoamérica. No hay forma de reconstruir la oración para que tenga sentido.

Al hablar del español en América estamos hablando de una lengua de comunicación —como ya se ha señalado— que aglutina a veinte naciones independientes. [en realidad, lo que se había señalado era que el español se habla en 18 repúblicas independientes, más los casos particulares de Puerto Rico y la comunidad hispanohablante de Estados Unidos.]

Bien, yo comento el artículo de un importante académico (del IC, por cierto) sin ser más que un aficionado un poco afectado por aquello de nuestros escritores levemente disfuncionales. En mi irritación seguramente he entendido todo mal y no sé lo que estoy diciendo, pues el artículo de dieciocho páginas tiene SEIS (!!) de bibliografía. Pero, después de todo, la relación que tenemos los hablantes del español con nuestros filólogos es análoga a la de un alumno con su maestro y nos autoriza a interrumpirlo con un “perdón, profesor, ¿cómo dijo?”. 


lunes, 20 de agosto de 2012

Ángel Rosenblat


Copio un fragmento de El castellano de España y el castellano de América (Taurus, 1970), de Ángel Rosenblat. En él se expone la actitud del purista frente a la diversidad del español.

VISIÓN DEL PURISTA

Si la visión del turista es inocente, pintoresca y hasta divertida, la del purista es más bien terrorífica. No ve por todas partes más que barbarismos, solecismos, idiotismos, galicismos, anglicismos y otros ismos malignos. El purista vive constantemente agazapado, con vocación de cazador, sigue el habla del prójimo con espíritu regañón y sale de pronto armado de una enorme palmeta o, peor aún, de cierto espíritu burlón con presunciones de humorismo. Veamos su modus operandi.

En España (salvo en partes de Andalucía, Extremadura y Murcia) dicen patata, y en América papa; es preciso que los americanos nos amoldemos al uso español. Pero papa es voz indígena, del Impero incaico, y los españoles al adoptarla, después de tenaz resistencia, la confundieron con la batata, también americana, que había penetrado antes, e hicieron patata (como los ingleses potato). ¿Debemos acompañarles en la confusión? Más justo sería que ellos corrigieran sus patatas. Pero Dios nos libre de tamaña pretensión. No parece mal que los españoles tengan sus patatas, con tal que a nosotros no nos falten nuestras papas. ¿Puede una divergencia de este tipo poner en peligro la vida de una lengua? ¿No es signo de riqueza que en España alternen habichuelas, judías y alubias?

Parecido es el caso de los cacahuates mejicanos (de cacáhuatl). En España, por influencia de la terminación -huete de otras palabras (de alcahuete, por ejemplo), los convirtieron en cacahuetes (y aun en cacahués, zacahueses, alcahués o alcahuetes). ¿Quién tiene el derecho de corregir a quién? Pero no nos metamos a correctores, oficio antipático y peligroso, y dejemos que cada uno satisfaga libremente su gusto, al menos en materia de cacahuetes, cacahuetes o maníes.

Las palabras más expuestas a toda clase de deformaciones son los extranjerismos. Del francés chauffeur, Madrid hizo chófer (es también la forma de Puerto Rico, sin duda por una influencia adicional del inglés). En América preferimos en general el chofer, más fieles a la acentuación francesa. ¿No han querido enmendarnos la plana? La Academia, comprensiva al fin, ha acabado por autorizar las dos acentuaciones.

Cosa análoga ha pasado con futbol o fútbol, que de ambos modos puede y suele decirse (Mariano de Cavia, con intención casticista, acuñó hacía 1920 balompié -un calco del inglés con aire afrancesado-, admitido hace poco por la Academia en su 19ª edición). La Academia también terminó por aceptar la alternancia pijama-piyama, aunque con preferencia por la forma peninsular: en España, por la seducción de la grafía, son partidarios imperturbables del pijama; Hispanoamérica, más fiel a la pronunciación original (la voz ha llegado a través del francés o del inglés), prefiere decididamente el (o la) piyama. En cambio el academicismo está imponiendo, frente al respetuoso restarán, el falsificado restaurante. Sin duda vencerá, pero no convencerá.

La comunicación y las nuevas formas de vida traen inevitablemente palabras nuevas. En Italia ha nacido el appartamento, de donde el francés appartement y el inglés apartment. ¿Cómo hay que llamarlo en español? Lo natural es apartamento, así como al département francés lo llamamos, desde fines del XVIII, departamento. Pero aquí vienen los puristas. Corren al Diccionario de la Academia y no encuentran apartamento.
Entonces sentencian: "No existen. Y como en seguida descubren apartamiento, exclaman: “¡Eureka! ¡Hay que decir apartamiento!" No ven, en su ceguera descubridora, que el apartamiento académico es otra cosa: la acción de apartarse, el lugar apartado y, por extensión, también a veces una habitación recogida en una residencia o en el Palacio Real. En la Argentina y Méjico han optado por el departamento, en España por el piso o el cuarto, denominaciones evidentemente ambiguas, pero el purismo, en Venezuela, Méjico, Puerto Rico y otras partes, libró una heroica batalla a favor del apartamiento. Y ahora la Academia, de nuevo comprensiva, acaba de aceptar el apartamento. ¡Ya existe!

miércoles, 27 de junio de 2012

La lógica de "matrimonio"

Parece que la RAE va a enmendar su artículo sobre matrimonio. Y parece que van a cometer un error lógico. Veamos el artículo vigente (sin las definiciones de frases):
matrimonio.
(Del lat. matrimonĭum).
1. m. Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.
2. m. En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia.
3. m. coloq. Marido y mujer. En este cuarto vive un matrimonio.
4. m. P. Rico p. us. Plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas.
Teniendo en cuenta los cambios en la legislación de muchos países, hay que reconocer que el matrimonio ya no es exclusivamente la "unión de hombre y mujer". La RAE, entonces, elabora lo siguiente:
matrimonio.
(Del lat. matrimonĭum).
1. m. Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses.
2. m. En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses.
3. m. En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia.
4. m. Pareja unida en matrimonio. En este cuarto vive un matrimonio.
5. m. Am. Fiesta o banquete con que se celebra un matrimonio.

Antes de comentar el problema principal, unas dudas periféricas. Las personas ignorantes pensamos que en la RAE cada cambio tiene una justificación precisa, producto de un debate entre sabios, que seguramente se registra en actas para el caso de que, si se propone una nueva enmienda en el futuro, la argumentación tenga un punto de partida. Por eso resulta admirable la espontaneidad con que se incorporan y desincorporan cosas en los artículos, y resulta comprensible también la sospecha de que algunos de esos cambios sean ocurrencias de la mecanógrafa. 

Sobre el cambio de la acepción 3 del primer artículo no hay nada que objetar, la necesidad de la modificación es bastante clara: "pareja unida en matrimonio" sustituye con ventaja al más bien casero "marido y mujer".

¿Qué pasó con el arroz y las habichuelas? ¿Ya no lo comen en Puerto Rico o ya no lo llaman así? Y si lo han quitado por prescindible, ¿lo harán en otros casos análogos? La consistencia de criterios es uno de los rasgos menos visibles en el DRAE.

En último lugar, se añade el uso de la palabra para referirse a la fiesta asociada al acto de matrimonio, estampándole un Am. generalizante. Aquí el problema puede estar quizás en la interpretación de este marcador. Puede ser que Am. signifique "en algunos sitios de América", y no "en toda América", como pensamos ingenuamente. A mí me consta que en Venezuela se usa "matrimonio" en el sentido apuntado aquí, pero también me consta que no se usa en Argentina, por ejemplo. Debe ser incómodo indicar usos parcialmente americanos, esto es, propios de partes de América. Habrá cosas que se digan con el mismo significado en toda la América de habla hispana; otras, en algunos países; otras, en la mayoría (y habría entonces que indicar las excepciones). Se trata de una dificultad que no puede manejarse a la ligera y exige el proyecto de un diccionario de americanismos serio.

Por último, el fallo principal. Está claro que "matrimonio" no puede ser ya sólo "unión de hombre y mujer", toda vez que la legislación de muchos países admite uniones entre personas del mismo sexo. Esto justifica que se haga una enmienda importante acerca del alcance del término hacia un sentido más general. Sin embargo, con bastante inconsecuencia, en la enmienda se mantiene la acepción original de matrimonio como unión heterosexual (como primera acepción) y se añade (como segunda) el significado de "unión homosexual". Si lo primero puede ser visto como una concesión a los tradicionalistas, lo segundo es un error sin paliativos. En ninguna legislación se usa "matrimonio" para designar a la "unión entre personas del mismo sexo" (cabría preguntarse en ese caso cómo llamarían a las uniones heterosexuales). Lo que ha querido decirse probablemente (ya no podemos estar seguros de nada) es que en algunas legislaciones el matrimonio es la unión entre dos personas con independencia de su sexo: esto es, lo que antes se tomaba como universal (la unión heterosexual), ahora debe tomarse como particular (al igual que la unión homosexual) dentro de la nueva forma universal (la unión de dos personas, a secas). Otra manera de expresarlo -poco elegante pero correcta- hubiera sido decir, por ejemplo, "en determinadas legislaciones, dícese también de la unión de dos personas del mismo sexo..."

El error es lógico, y no hay que perder de vista que los diccionarios, como instrumentos regulativos, tienen una estructura más lógica que literaria. 


New Law Restricts Age For Marriage In Louisiana | WWNO

martes, 29 de mayo de 2012

Borges

A continuación transcribo algunas entradas del diario de Bioy Casares publicado con el título Borges. Se trata de comentarios de Borges, sobre el idioma, sobre literatura, sobre escritores. Son de una franqueza que no se encuentra en las conciliadoras opiniones que solía dar en las entrevistas. Vale la pena compartirlas, aunque no se se suscriban, o aunque no se suscriban todas o no se suscriban del todo.
Según Borges: Error de un conferenciante, o La filosofía y la ciencia; o La retórica vencida por la verdad: «¿Qué ocurriría en el mundo si no existiera el español?» —preguntó, inspirado, el orador; Borges contestó en seguida: «La gente tendría que hablar en otros idiomas».

Afirma que en Chile llaman bachicha a todo italiano; no como aquí, donde bachicha es el genovés, nápoles el napolitano. Gringo, para ellos, es término afectuoso. «A los españoles agresivamente los llaman coños. No me atreví a preguntar cómo nos llaman a nosotros... Nos odian bastante. Así como nosotros creemos que seriamos más felices con las Malvinas, ellos piensan que serian felices con la Patagonia».

Voy a un cocktail de La Prensa a sus colaboradores, por el centenario de su fundación. Encuentro a los Bietti, a Alicia Jurado, a Bernardo González Arrili, a Giusti, a los Santos Gollan, a Ghiano, a Villordo, a Bonomi, a Borges, a Peyrou. Dice Borges, después: «No hay mayor error que llamar intelectuales a los escritores».

Un profesor de la Universidad es miembro del jurado en un concurso para la cátedra, donde trata de favorecer a fulanita Monner Sans y de hundir a Raquel Bengolea. Después de una de las reuniones del jurado, se encuentra en los pasillos de la Facultad con Raquel Bengolea y la conforta: «Nuestro asunto va muy bien» (nótese el admirable uso del posesivo en plural). En la reunión del jurado, este profesor dice: «Es claro, uno se rinde ante una persona que lleva el tradicional apellido de Monner Sans». BORGES: «Yo seré muy reaccionario, pero para el snobismo prefiero el nombre de Bengolea».

Habla de frases populares: «Pasa una pareja. Los malevos de la esquina le dicen a la muchacha: "¡Solita!". Una fórmula perfecta. ¿Cómo la habrán inventado? Primero la habrán dicho cuando veían a una chica sola; después habrán descubierto que podían emplearla para insultar al acompañante. ¿Quién la habrá inventado? Eso nunca se sabrá; sin embargo, algo se sabe: que no son los que la dijeron. Los inventores serán parecidos, iguales, pero otros».

Dice que Marasso propuso en la Academia que se recogiera la lección de la Academia Española y que se adoptara la forma fraque. Borges contestó: «No hay motivo para que nos hagamos solidarios de la incapacidad de los españoles para pronunciar algunos sonidos».
«El único aporte de España a la cultura de Occidente es el galicismo». 

«Sabato se mostro muy cordial. Le dije: "Me gustaría que entrara en la Academia. Sé que para todo tendremos opiniones opuestas, pero me basta con que usted siembre el caos. La Academia necesita un poco de caos".

BIOY: «¿Sabés que hay gente que dice depre?». BORGES: «Está bien. Parecería que están tan deprimidos que no tienen fuerza para terminar la palabra».

Se admira Borges de que a Nalé Roxlo, en la Academia, sin duda lo elegirán por unanimidad. BORGES: «Yo votaré por él: bueno, por lo menos es un escritor. Ahora van a votar a Nalé y a Mastronardi, el próximo vas a ser vos. ¿Decís "Paso"? Tenés razón. No te imaginás qué ambiente... Peor que EUDEBA. El café con leche es riquísimo, pero yo salgo con remordimiento, porque, después de oír media hora de lectura de Joaquín V. González, me callo en vez de preguntar: "¿Escribió eso cuando era chico o cuando chocheaba?". "¿Giusti es un idiota o un sinvergüenza?"». Las dos cosas.  

Come en casa Bianco, que me dice de Borges: «Mirá que es loco. Aquí pasan por locos Macedonio y Arlt. Son loquitos. El verdadero loco es Borges». 
(Más fragmentos en: http://lanavajadeempedocles.blogspot.com.es)