Copio un fragmento de
El castellano de España y el castellano de América (Taurus, 1970), de
Ángel Rosenblat. En él se expone la actitud del purista frente a la diversidad del español.
VISIÓN DEL PURISTA
Si la visión del
turista es inocente, pintoresca y hasta divertida, la del purista es más bien
terrorífica. No ve por todas partes más que barbarismos, solecismos,
idiotismos, galicismos, anglicismos y otros ismos malignos. El purista vive constantemente
agazapado, con vocación de cazador, sigue el habla del prójimo con espíritu
regañón y sale de pronto armado de una enorme palmeta o, peor aún, de cierto
espíritu burlón con presunciones de humorismo. Veamos su modus operandi.
En España (salvo
en partes de Andalucía, Extremadura y Murcia) dicen patata, y en América
papa; es preciso que los americanos nos amoldemos al uso español. Pero papa
es voz indígena, del Impero incaico, y los españoles al adoptarla, después
de tenaz resistencia, la confundieron con la batata, también americana,
que había penetrado antes, e hicieron patata (como los ingleses potato).
¿Debemos acompañarles en la confusión? Más justo sería que ellos
corrigieran sus patatas. Pero Dios nos libre de tamaña pretensión. No
parece mal que los españoles tengan sus patatas, con tal que a nosotros no
nos falten nuestras papas. ¿Puede una divergencia de este tipo poner en
peligro la vida de una lengua? ¿No es signo de riqueza que en España alternen habichuelas,
judías y alubias?
Parecido es el
caso de los cacahuates mejicanos (de cacáhuatl). En España, por
influencia de la terminación -huete de otras palabras (de alcahuete, por
ejemplo), los convirtieron en cacahuetes (y aun en cacahués, zacahueses,
alcahués o alcahuetes). ¿Quién tiene el derecho de corregir a quién?
Pero no nos metamos a correctores, oficio antipático y peligroso, y dejemos que
cada uno satisfaga libremente su gusto, al menos en materia de cacahuetes,
cacahuetes o maníes.
Las palabras más
expuestas a toda clase de deformaciones son los extranjerismos. Del francés chauffeur,
Madrid hizo chófer (es también la forma de Puerto Rico, sin duda por
una influencia adicional del inglés). En América preferimos en general el chofer,
más fieles a la acentuación francesa. ¿No han querido enmendarnos la plana?
La Academia, comprensiva al fin, ha acabado por autorizar las dos
acentuaciones.
Cosa análoga ha pasado
con futbol o fútbol, que de ambos modos puede y suele decirse (Mariano
de Cavia, con intención casticista, acuñó hacía 1920 balompié -un calco del inglés con aire
afrancesado-, admitido hace
poco por la Academia en su 19ª edición). La Academia también terminó por aceptar
la alternancia pijama-piyama, aunque con preferencia por la forma
peninsular: en España, por la seducción de la grafía, son partidarios
imperturbables del pijama; Hispanoamérica, más fiel a la pronunciación
original (la voz ha llegado a través del francés o del inglés), prefiere
decididamente el (o la) piyama. En cambio el academicismo está imponiendo,
frente al respetuoso restarán, el falsificado restaurante. Sin
duda vencerá, pero no convencerá.
La comunicación y
las nuevas formas de vida traen inevitablemente palabras nuevas. En Italia ha
nacido el appartamento, de donde el francés appartement y el
inglés apartment. ¿Cómo hay que llamarlo en español? Lo natural es apartamento,
así como al département francés lo llamamos, desde fines del XVIII, departamento.
Pero aquí vienen los puristas. Corren al Diccionario de la Academia y no
encuentran apartamento.
Entonces sentencian:
"No existen. Y como en seguida descubren apartamiento, exclaman: “¡Eureka!
¡Hay que decir apartamiento!"
No ven, en su ceguera descubridora, que el apartamiento académico
es otra cosa: la acción de apartarse, el lugar apartado y, por extensión,
también a veces una habitación recogida en una residencia o en el Palacio Real.
En la Argentina y Méjico han optado por el departamento, en España por el
piso o el cuarto, denominaciones evidentemente ambiguas, pero el
purismo, en Venezuela, Méjico, Puerto Rico y otras partes, libró una heroica
batalla a favor del apartamiento. Y ahora la Academia, de nuevo
comprensiva, acaba de aceptar el apartamento. ¡Ya existe!